No podemos exigir futbolistas que piensen por sí mismos durante los partidos si durante los entrenamientos apenas les permitimos tomar decisiones.

En el fútbol base hablamos continuamente de formar jugadores inteligentes, capaces de interpretar situaciones, resolver problemas y tomar decisiones. Sin embargo, cuando observamos muchos entrenamientos, encontramos una contradicción difícil de justificar.

El entrenador decide qué se trabaja, cómo se trabaja, cuándo se ejecuta, qué solución es correcta y cuándo hay que corregirla. El futbolista escucha, obedece y repite.

Después llega el domingo y nos desesperamos cuando ese mismo jugador no encuentra soluciones por sí mismo.

¿De verdad estamos formando futbolistas inteligentes o simplemente estamos creando jugadores que dependen de nuestras instrucciones?

Creo que esta pregunta debería preocuparnos mucho más que el sistema de juego que utilizamos cada fin de semana.

El futbolista debe ser protagonista de su formación

Hay una diferencia enorme entre participar en un entrenamiento y participar en el proceso de aprendizaje.

Un jugador puede completar todos los ejercicios, esforzarse durante noventa minutos y obedecer perfectamente cada indicación sin llegar a comprender por qué está haciendo lo que hace.

El aprendizaje verdaderamente significativo aparece cuando empieza a relacionar las situaciones que vive con los problemas que necesita resolver.

Cuando comprende por qué debe ocupar un espacio, cuándo resulta conveniente conducir, qué provoca el movimiento de un compañero o cómo puede aprovechar un error rival.

Para conseguirlo debemos darle oportunidades de pensar, preguntar, equivocarse y expresar sus interpretaciones del juego.

Esto no significa que el entrenador renuncie a su autoridad.

Significa que utiliza su autoridad para enseñar, no exclusivamente para mandar.

La investigación empieza a confirmar la importancia de escuchar

En septiembre de 2026 se publicó una investigación titulada Co-designing football training: implications for players’ motivation and engagement.

El trabajo analizó una propuesta en la que los participantes intervenían en el diseño de su propio proceso de entrenamiento.

Los resultados apuntaron a beneficios en aspectos relacionados con la motivación y la satisfacción de necesidades psicológicas.

Es importante señalar que la investigación se desarrolló en un contexto universitario, por lo que sus conclusiones no deben trasladarse automáticamente a equipos infantiles o juveniles.

Sin embargo, el planteamiento resulta interesante: cuando el deportista participa en las decisiones relacionadas con su aprendizaje, puede desarrollar una relación más activa y consciente con aquello que está entrenando.

Otra investigación publicada en 2025, con 876 jóvenes futbolistas, encontró que quienes percibían un entorno más favorable, creado por entrenadores, familias y compañeros, mostraban mejores indicadores de motivación autónoma y bienestar.

No estamos hablando de eliminar la exigencia.

Estamos hablando de comprender que las personas aprenden mejor cuando encuentran sentido a lo que hacen y sienten que forman parte del proceso.

Preguntar también es entrenar

Imaginemos que estamos trabajando la salida de balón ante una presión alta.

El entrenador organiza una tarea, observa una pérdida y detiene el ejercicio.

Puede explicar directamente al central que debería haber conectado con el lateral.

O puede preguntarle qué alternativas había reconocido, qué posición ocupaba el rival y qué movimiento de sus compañeros habría permitido progresar.

En el primer caso, el futbolista recibe una solución.

En el segundo, necesita reconstruir la situación, interpretar la información y justificar su decisión.

Naturalmente, habrá momentos para explicar y corregir directamente. No toda situación necesita convertirse en un debate.

Pero si nunca preguntamos, difícilmente conoceremos cómo están pensando nuestros jugadores.

Y si desconocemos cómo piensan, ¿cómo podemos asegurar que estamos desarrollando su inteligencia futbolística?

Un entrenador que pregunta no demuestra que sepa menos. Demuestra que quiere descubrir cuánto saben sus jugadores.

Escuchar no significa permitir que cada uno haga lo que quiera

Conviene aclarar algo que considero fundamental.

Defender la participación del futbolista no significa convertir el entrenamiento en una asamblea permanente.

El entrenador sigue siendo responsable de establecer objetivos, diseñar tareas, corregir comportamientos y garantizar que exista una progresión metodológica.

La dirección deportiva continúa definiendo los principios colectivos que identifican al club.

Pero dentro de esa estructura podemos conceder espacios de autonomía.

Podemos permitir que los jugadores propongan soluciones, analicen situaciones, valoren su propio rendimiento y participen en pequeñas decisiones relacionadas con su aprendizaje.

La disciplina no debe confundirse con el silencio.

Y el respeto al entrenador no debería medirse por la ausencia de preguntas.

Una propuesta para cualquier club de barrio

No necesitamos tecnología avanzada ni instalaciones extraordinarias para aplicar este planteamiento.

Podemos comenzar reservando cinco minutos de cada sesión para explicar qué problema del juego queremos resolver.

Durante los ejercicios, planteamos preguntas relacionadas con ese objetivo.

Al finalizar, invitamos a algunos futbolistas a identificar qué han aprendido, qué dificultades encontraron y qué solución consideran más adecuada.

Con los benjamines utilizaremos preguntas sencillas. Con los juveniles podremos desarrollar debates tácticos de mayor profundidad.

También debemos evitar que participen únicamente los jugadores más extrovertidos o aquellos que habitualmente son titulares.

Precisamente el futbolista que menos interviene puede ser quien más necesita sentirse escuchado.

La intención no es obtener respuestas bonitas.

La intención es comprender el proceso de aprendizaje de cada jugador.

La fidelización comienza cuando alguien siente que importa

En los clubes modestos solemos hablar de fidelización cuando aparece el riesgo de perder jugadores.

Nos preocupamos por evitar que marchen a otras entidades, por mantener nuestras plantillas y por conseguir que las familias continúen confiando en el proyecto.

Pero la fidelización no debería comenzar cuando un jugador anuncia que quiere marcharse.

Debería comenzar el primer día de entrenamiento.

Un futbolista necesita sentir que progresa, que aprende, que existen oportunidades y que su entrenador reconoce su esfuerzo.

También necesita sentir que su opinión tiene valor, aunque no siempre tenga razón.

Un jugador que apenas participa en los partidos y tampoco encuentra espacios para expresarse difícilmente desarrollará el mismo sentimiento de pertenencia que otro que percibe que forma parte de un proyecto educativo.

No podemos garantizar que todos permanezcan en el club.

Pero sí podemos construir un entorno en el que marcharse no sea consecuencia de sentirse ignorado.

La identidad deportiva también se demuestra escuchando

Siempre he defendido que la identidad de un club debe ir mucho más allá de sus colores, su escudo o el sistema táctico de sus equipos.

La identidad también se encuentra en cómo enseñamos, cómo corregimos, cómo tratamos a quienes juegan menos y cómo acompañamos a nuestros futbolistas durante su crecimiento.

Si pretendemos formar jugadores autónomos, nuestros entrenadores deben compartir una metodología que favorezca la interpretación del juego.

Si defendemos el desarrollo integral de las personas, necesitamos mecanismos para escuchar sus dificultades y conocer su evolución.

Y si afirmamos que nuestro club es una familia, tenemos que demostrarlo especialmente cuando un jugador atraviesa un momento complicado.

No podemos pedir identificación con un proyecto al que apenas permitimos participar.

El entrenador también necesita aprender

Existe otra cuestión que no debemos olvidar.

Escuchar a los futbolistas puede obligarnos a reconocer que algunas decisiones nuestras no están consiguiendo el efecto previsto.

Puede que una tarea sea demasiado difícil.

Puede que hayamos explicado mal un principio táctico.

Puede que un jugador no comprenda su función porque nunca nos hemos detenido a explicársela individualmente.

Aceptar estas posibilidades no debilita nuestra autoridad.

Al contrario, demuestra que entendemos el entrenamiento como un proceso de mejora continua en el que también nosotros debemos evolucionar.

El entrenador que cree tener siempre todas las respuestas termina dejando de hacerse preguntas.

Y ese es uno de los mayores peligros de nuestra profesión.

Conclusión: el mejor entrenador no necesita tener siempre la última palabra

Un club de barrio difícilmente podrá competir con las grandes academias en presupuesto, recursos humanos o tecnología.

Pero puede ofrecer algo extraordinariamente valioso: un entorno donde cada jugador se sienta importante, aprenda a interpretar el fútbol y tenga oportunidades de participar activamente en su propia formación.

Formar personas significa enseñarles a pensar, a responsabilizarse de sus decisiones, a expresar sus opiniones con respeto y a comprender que equivocarse también forma parte del aprendizaje.

No pretendo futbolistas que discutan permanentemente las decisiones del entrenador.

Pretendo futbolistas capaces de comprenderlas, aprender de ellas y desarrollar criterios propios.

Porque llegará un momento en el que el entrenador no podrá decirles qué hacer.

Un partido plantea problemas que necesitan respuestas inmediatas.

Y esas respuestas deben encontrarlas los jugadores.

Si queremos futbolistas que piensen cuando tienen el balón, empecemos por permitirles pensar cuando estamos entrenando.

Porque formar no consiste en conseguir que once jugadores obedezcan nuestras órdenes. Consiste en ayudar a once personas a comprender el juego hasta que sean capaces de encontrar sus propias soluciones.

Fuentes consultadas

Por Piloto12