En el deporte, y especialmente en el fútbol, confundimos muchas veces dos conceptos que parecen similares, pero que en realidad significan cosas muy diferentes: posibilidad y probabilidad.
La posibilidad responde a una pregunta muy sencilla: ¿puede ocurrir? La probabilidad, en cambio, intenta responder a otra mucho más importante: ¿qué opciones reales hay de que ocurra?
Un equipo modesto puede ganar a un equipo superior. Es posible. Un delantero puede marcar desde treinta metros. Es posible. Un jugador que hoy tiene dificultades puede llegar a competir a un nivel mucho más alto. También es posible. Mientras exista una oportunidad y se intente, la posibilidad está ahí.
Pero que algo sea posible no significa que sea probable.
La posibilidad aparece cuando decidimos intentarlo. Si no tiramos a portería, la posibilidad de marcar desaparece. Si no nos presentamos a competir, no podemos ganar. Si un futbolista no intenta superar sus límites, difícilmente descubrirá hasta dónde puede llegar. El primer requisito para conseguir cualquier objetivo es ponerse en disposición de alcanzarlo.
Intentar transforma un resultado imposible en un resultado posible.
Sin embargo, una vez que existe esa posibilidad, comienza el verdadero trabajo: aumentar la probabilidad de conseguirlo. Ahí aparece el entrenamiento.
Un jugador puede tener la posibilidad de marcar un lanzamiento de falta sin haberlo entrenado prácticamente nunca. Quizá algún día golpee el balón perfectamente y marque un gol espectacular. Pero si ese mismo jugador practica cientos de golpeos, corrige su técnica, aprende a colocar el cuerpo, entiende cómo impactar el balón y repite el gesto durante semanas, la posibilidad sigue siendo la misma, pero la probabilidad de éxito ha aumentado enormemente.
El entrenamiento no garantiza el resultado. Ningún entrenamiento puede hacerlo. El fútbol siempre contiene incertidumbre. Existe el rival, el terreno de juego, las decisiones arbitrales, el estado físico, el momento psicológico y muchos otros factores imposibles de controlar completamente.
Pero entrenar reduce el espacio que dejamos al azar.
Cuando un equipo trabaja durante semanas la salida de balón ante presión alta, aumenta la probabilidad de resolver correctamente esa situación durante el partido. Cuando entrena las transiciones defensivas, aumenta la probabilidad de reaccionar mejor después de una pérdida. Cuando repite movimientos de ataque, automatiza comportamientos y mejora la coordinación entre jugadores, aumenta la probabilidad de encontrar soluciones cuando esas situaciones aparecen en competición.
Por eso entrenar no consiste únicamente en mejorar capacidades físicas, técnicas o tácticas. Entrenar consiste, en gran medida, en aumentar probabilidades.
Cada repetición correcta aumenta ligeramente las opciones de responder bien cuando llegue el momento. Cada error detectado y corregido reduce la probabilidad de volver a cometerlo. Cada situación previamente vivida en el entrenamiento proporciona al jugador una referencia para tomar decisiones cuando aparezca algo parecido durante un partido.
Cuanto más preparado está un jugador, menos depende de la improvisación.
Muchas veces observamos a futbolistas capaces de reaccionar rápidamente en situaciones complejas y pensamos que poseen una capacidad especial. En algunos casos existe talento, por supuesto, pero detrás de muchas de esas respuestas aparentemente espontáneas hay cientos de situaciones similares entrenadas anteriormente.
El jugador reconoce lo que está ocurriendo porque ya lo ha visto. Su cerebro identifica patrones, anticipa lo que puede suceder y encuentra soluciones con mayor velocidad.
No está eliminando la incertidumbre del fútbol. Está aumentando sus probabilidades de tomar una buena decisión.
Esta diferencia entre posibilidad y probabilidad también debería cambiar nuestra forma de entender la competición.
Antes de cualquier partido ambos equipos tienen una posibilidad de ganar. Esa posibilidad existe simplemente porque van a competir. Pero las probabilidades de cada uno dependerán de muchos factores: la calidad de los jugadores, la preparación física, el conocimiento del rival, la organización colectiva, la confianza, la estrategia y, sobre todo, el trabajo realizado previamente.
Un entrenador no puede prometer una victoria. Lo que sí puede hacer es trabajar para que su equipo tenga cada vez más posibilidades reales de conseguirla.
En ese sentido, el entrenamiento podría definirse como un proceso permanente de construcción de probabilidades.
Entrenamos para que sea más probable recuperar el balón cuando presionamos. Entrenamos para que sea más probable superar una línea defensiva. Entrenamos para que sea más probable defender correctamente un centro lateral. Entrenamos para que sea más probable mantener la calma bajo presión. Entrenamos para que, cuando aparezca una oportunidad durante el partido, nuestros jugadores estén preparados para aprovecharla.
La posibilidad nace de intentarlo.
La probabilidad crece con la preparación.
Por eso no deberíamos decirle a un jugador que algo es imposible simplemente porque hoy parezca difícil. Mientras exista una oportunidad y esté dispuesto a intentarlo, existe una posibilidad. Pero también debemos enseñarle que confiar únicamente en esa posibilidad no es suficiente.
Los sueños pueden empezar con una posibilidad, pero normalmente se alcanzan aumentando probabilidades.
Y ahí está una de las grandes enseñanzas del entrenamiento: quizá nunca podamos controlar completamente lo que va a ocurrir, pero sí podemos trabajar cada día para que aquello que queremos que ocurra sea un poco más probable.